Por la ventana, curiosa, la luz de Neón observaba como en un rincón, te atabas con diligencia el cordón de los zapatos. Como ceñías tu cintura con el cinturón de tus pantalones y, parsimoniosamente, uno a uno, los botones de la camisa, abotonabas y como con elegante presteza, a tu cuello, anudabas la corbata; volviendo, de pies a cabeza, a aquellas cotidianas opresiones, que, hasta no mucho, entre las sabanas de esta pieza de hotel, habías olvidado.
Ella, desde la cama, en absoluto silencio, también observaba el rito.

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